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El 1de agosto de 1965 un grupo de artistas latinoamericanos y europeos sobre una camioneta Chevrolet se dirige por la Patagonia al pueblo de Dorotea. La ventisca y la tormenta de nieve más la noche daban un contorno denso y apretado1. El camino desaparecía y el traslado sólo dejaba una huella sobre el manto que iban dejando atrás. Al llegar les abre la puerta José Lincomán, un chilote, padre del único muerto enterrado en el cementerio de Dorotea. Luego del acto realizado en el caserío el filósofo François Fédier escribe en su diario de viaje:

“La phalène no deja de recomenzar o más bien de estar en su comienzo, no noto un estado, tan sólo un partir”2.

Al caer la tormenta se les ofrece comida, sacan dos colchones y mantas, para que pasen la noche de frío intenso. La impresión que allí queda plasmada, en una casa cerca de Puerto Natales, pasó de ser una intuición a una condición que se volverá constante durante el trayecto de ‘La Amereida’, como llamaban sus participantes al viaje-acción que atravesando por el interior del continente americano, intentó encontrarse cara a cara con un desconocido para entrever si era posible habitar poéticamente América.

Pero ¿el mínimo gesto de partir podía encontrarse o trasladarse, fuera del texto, con la realidad de un continente entero? Esta interrogante marca uno de los puntos desde donde podemos re-visitar e introducirnos en el mito que, a más de cincuenta y cinco años de distancia, mantiene en compás de espera lo que todavía se podría decir y hacer con La Amereida.

Si La Amereida se realizaba despojada de una ruta fija y desviándose de su aguja, es posible preguntarnos por lo que esto provoca en sus participantes, una idea de destino sujeta al recorrido mismo y por ello alejada de un ‘thelos’ o un itinerario que cumplir. Porque, si el camino consistía en mantener el rumbo abierto, se evitaba así radicarse en conocimientos adquiridos o imágenes que vinieran a prefigurar lo que estaban por crear o conocer. En tal caso el cálculo fundacional −esa narrativa histórica que lee el viaje a posteriori y lo ingresa en el cauce de una poética inevitable−, se desvanece en el desborde de un proceso que no hacía sino contradecir anticipadamente lo que pudiera venir a cerrar la experiencia que allí se estaba detonando. Un proyecto de largo aliento donde “la travesía no se hizo para hacer el libro, sino que el libro se hizo para alargar su huella”3, como si se tratara de un acontecimiento que no había dejado de ocurrir, que solo transformaba su forma y continuaba enunciándose y creándose; evitando así volverse tradición.
Una lectura como esta nos permite aventurar un vínculo entre la travesía (que genera un archivo y posibilita la crítica), su conmemoración (la exposición, film y libro ‘La invención de un mar’4) y su revisión (el colectivo Punto Espora) que sitúa la acción artística y poética del viaje como lugar, y a la Ciudad Abierta liberada de la idea de fundación, pedagogía o utopía, un suelo aún por explorar, todavía en proceso de ser lugar.
Pareciera que mientras más nos alejamos del hecho y persistimos en alimentar una traducción, que con las épocas se vuelve el texto de una leyenda, más la tradición se orienta no sólo a conservarla como patrimonio sino también a desmovili- zar el deseo de interpretarla.

“Un poema es una cosa que será. Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser’’ 5

En ese sentido La Amereida y la Ciudad Abierta es una experiencia-terreno que persiste en una intraducibilidad. Así la fractura la leemos como un lugar desde donde se hace estallar un sentido para que vuelvan a quedar adelante y no atrás muchas lenguas. Preguntarnos si ese mínimo en el que la travesía de Amereida insistió no limita quizás con la posibilidad de no ser, con el naufragio: “Todo fracasa, no hay fracaso”.6

¿No lleva consigo toda poética el germen de aquello?

Fundar ya no es fundar, sino apenas “avanzar en el presente la posibilidad de una cosa que no es todavía posible”7. Trabajar desde esa precarie- dad, con los restos por volver a traducir, en estractos, señas y gestos. Puede ser, finalmente, que de este modo hayamos atravesado estos años para intentar “haciendo” quedar nuevamente ante un desconocido.

Hacer memoria es también reconocernos como parte de un colectivo que comienza en un momento de quiebre y quiere, sin retirarse, transmitir un pensamiento como deriva y diferencia.

Punto Espora

El colectivo Punto Espora está formado por artistas de distintas disciplinas. El grupo comienza orgánicamente a desarrollar proyectos de creación transdisciplinares en el campo de las artes visuales, la arquitectura, la poesía, el cine, la performance y la música. Su objetivo es detonar proyectos colectivos, entendidos como una forma de creación abierta a la permeabilidad entre las dis- tintas disciplinas. Punto Espora busca generar un espacio de creación en relación con el territorio y sus condiciones actuales, desde una pregunta por la interacción entre arte, lugar y su posibilidad de habitabilidad.

WD40 | FRACTURA Y TRADICIÓN

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