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La invención de un mar fue primero el nombre que le dio cuerpo a una exposición que realizamos en la sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes y en la sala de Artes Visuales del Parque Cultural de Valparaíso, en Chile durante el 2017.
Se trataba de presentar La Amereida, como llamaban sus participantes al viaje- acción realizado en camioneta en el año 1965 desde Tierra del Fuego hacia Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Ciudad que fue nombrada o proclamada por el grupo capital poética de América, «ya que allí se unían los dos ritmos del mar interior americano»1, un suelo donde cesa la pampa y se inicia la selva hasta el caribe, a la cual nunca lograron llegar sin embargo orientó el total de su aventura. El trayecto de este viaje consistía en seguir el meridiano de la Cruz del Sur, para así atravesar longitudinalmente el centro del continente. América hasta entonces había sido poblada por sus bordes mientras que su mar interior permanecía despoblado; un desconocido, aquel que para la travesía era necesario ir a su encuentro.
Privados de una ruta fija y desviándose de su aguja, el grupo de artistas latinoamericanos y europeos viajaba como los navegantes alejándose de la costa, sin un itinerario o distancia que cumplir sino más bien haciendo parte del destino del viaje el recorrido mismo. El camino consistía en seguir partiendo cada vez manteniendo el rumbo abierto. La trapa amereidiana inauguraba una extensión y una visión desde los actos que la geografía y el tiempo del ir detonan. La palabra poética incesante, atravesándolos continuamente sin importar las circunstancias o lugares llevaba consigo un rito que demanda una partida y no así la permanencia. «La phalène no deja de recomenzar o más bien de estar en su comienzo, no noto un estado, tan sólo un partir»2.
Fue así como el poeta Godofredo Iommi camino a Cerro Varela le pide a Fabio Cruz detener el auto. Luego de más de quince horas continuas de viaje, varias atascaduras en los bancos de arena, el intento fallido de pasar la noche en la estancia El Recuerdo de Nahuel-Mapá, reparar el estanque de bencina y perder la huella principal en la mitad de la noche; confundidos por cazadores, albañiles o una delegación universitaria, atravesaban la pampa negra «sumergidos y aprisionados como en el fondo florido de un mar»3. Pasadas las tres de la madrugada Iommi dice «¡aquí!» y dirigiéndose al escultor Henri Tronquoy le pide ubicar la estrella que poco antes habían confundido con Aldebarán. Se bajan todos del auto y en el borde del camino el escultor Claudio Girola comienza a cortar pequeñas láminas de bronce, Tronquoy «levantando una y otra vez la vista hacia las estrellas -como orientándose-»4 clava tres estacas y una varilla. La obra es rápida y silenciosa. Fabio alumbra el signo con el auto, Godo permanece en silencio, exclama unas palabras y luego vuelve al silencio hasta que girando dice «¡vamos!». La acción finaliza con unas palabras del poeta panameño Edison Simons. El largo silencio del acto permaneció horas en el interior del auto.

POLÍGRAFA | LA INVENCIÓN DE UN MAR

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